











Museo histórico amplia horario

Llega el cierre de agosto y, como pasa todos los años, todos se preguntan: ¿va a llegar la tormenta de Santa Rosa? El mito está tan metido en la cultura argentina que pocos se cuestionan si detrás de la tradición hay realmente un evento atmosférico real o si solo se trata de una coincidencia.
Para entender qué pasa de verdad con las lluvias por estas fechas hay que mirar dos cosas: la física del aire en el cambio de estación y las estadísticas de lluvia registradas durante más de un siglo en la zona central de la Argentina.
A diferencia de lo que sostiene el relato popular, los meteorólogos coincidimos en que no existe una tormenta única, excepcional o predestinada para el 30 de agosto. Lo que ocurre es un proceso natural de transición estacional entre el invierno y la primavera.
Durante junio, julio y buena parte de agosto, el centro y el norte del país suelen atravesar su período más seco del año. En otras palabras, los meses donde no abundan las tormentas. En esos meses predominan masas de aire frío, seco y estable que llegan desde el sur continental o el océano Pacífico y que, de generar precipitaciones, lo hacen en formas de débiles lluvias o lloviznas. Sin embargo, hacia finales de agosto el sol gana altura en el horizonte, los días se alargan y el suelo empieza a entibiarse.
Ese cambio térmico activa la circulación del norte. Empiezan a llegar pulsos de aire muy húmedo y cálido desde la cuenca del Amazonas y el Atlántico tropical hacia la región pampeana y el Litoral. Cuando esta masa húmeda se cruza con los últimos frentes fríos intensos que todavía avanzan desde la Patagonia -vestigio de un invierno que se retira de a poco-, la atmósfera pierde estabilidad de golpe.
El choque térmico alimenta el desarrollo de nubes profundas de tormenta (las conocidas cumulonimbus), que provocan ráfagas, actividad eléctrica intensa y lluvias copiosas. Así, la famosa "Santa Rosa" marca en realidad el puntapié inicial de las tormentas primaverales en nuestra región.